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Posted by : Alex González miércoles, 20 de enero de 2016


En un artículo anterior dije que había que hablar de mi padre. Ahora es el momento.
Mi padre tuvo la suerte de ser sobrino de unas muchachas que se casaron con el Presidente del Sevilla Atlético, Manolo Fernández, con el futbolista Dieguez y con el masajista del Sevilla FC, don Manolito Pérez. Cada una. No las tres en plan bacanal. Cojones, que hay que explicarlo todo.
Esto hizo que mi padre durante muchos años disfrutara de un carnet en Preferencia, como los niños ricos y mimados. Lo era. Pero su época de “jipilismo” y el encontrarse el amor de su vida, mi madre, hizo que poco a poco se despegara del fútbol y, en la época de los ochenta, dejara de vivir intensamente este venenillo que tenemos con el Sevilla FC.

Pero resulta, que el pobre hombre, empezó a criar por principios de los noventa a una criatura que en el colegio se picaba con el Sevilla FC y con conocer la fecha de nacimiento de todos los futbolistas (porque venía en el álbum del que hablé hace tiempo).
Ese chavalín, al que al principio su padre no le echaba cuenta con el fútbol, era yo. Os dije que él mismo fue quien me vistió de sevillista nada más nacer. Y que me llevó al Sánchez Pizjuán por primera vez en la temporada 94/95. Pero mi padre no estaba muy por la labor de engancharse de nuevo a esto del Sevilla FC.

Sin embargo, las cosas de la vida, el niño cada vez daba más por culo con el “fúrbo de los cojones”, frase que se acuñó en mi casa del Parque Norte hace ya mucho tiempo, y casi todos los días se podía ver algo de fútbol en la tele gracias a mí.
En la temporada 98/99, que conseguimos el ascenso, mi padre ya tenía resucitado el sevillismo en su interior, aunque aún de manera poco ultra e intensa. Fuimos a la Puerta de Jerez para celebrar dicho ascenso y mi hermana nos acompañó, con tan solo 9 añitos.

El caso de mi hermana, que no es de lo que iba a hablar hoy, también merece un pequeño paréntesis en el artículo.
Pues en su momento fue una niña cursi, educada en las Esclavas del Divino Corazón, en pleno centro de Sevilla. Que jugó al Baloncesto en el Club Naútico, y porque uno más pijo es el Cumbres HighLands y no tenían un buen equipo. Que sus amigas le llegaron a llamar Mariu, porque Eugenia tenía demasiada connotación poligonera para muchas de ellas. Esa misma. Ahora es capaz de decir “Me vais a comer la polla en dos tiempos, tú y tu puta madre”.
Sí, disculpad este verso becqueriano en el artículo, pero era necesario para mostrar el contraste que ha sufrido mi hermana en sus escasos 25 años de vida.
Esa misma, a decir verdad, empezó su sevillismo en la Puerta de Jerez, indicando a Manuel Ruiz de Lopera sus indicios de homosexualidad. No sé por qué me iba a extrañar de haberse convertido en una auténtica hoolingan que ha disfrutado de más desplazamientos que yo, aunque la mayoría de liga.
He de confesar que alguna vez me he escondido en mi asiento, cuando se levantaba en contra de la gente que no apoyaba a Manolo Jiménez, o cuando soltaba más improperios de la cuenta contra el Real Madrid, tanto a la institución como a sus aficionados.

Cerramos el paréntesis.

Pues como iba diciendo, conseguí, sin querer, resucitar el sevillismo de mi padre. Y tras un divorcio con aquel amor de su vida que lo apartó del fútbol, se volvió a enamorar de su Sevilla FC.
En mi casa no somos demasiado supersticiosos. Pero desde que mi padre volvió a la dinámica del fútbol, el conjunto “camiseta-gorra-auriculares-asiento” es un cuarteto inmodificable.
Llegamos a dejar de ir a algunos bares porque el Sevilla FC empató la última vez que lo vimos allí. Como si el dueño del bar tuviera la culpa de las cantadas de Diego López o los mano a mano de Chevantón con algún portero. O como si las decisiones arbitrales dependieran de la camiseta que lleve él puesta. Eso sí, no cree en los árbitros.

No cree en los árbitros. Esas criaturas oscuras y aladas que tienen la potestad de infartar a mi padre con sus decisiones divinas.
Fue entrenador de baloncesto en su momento y tuvo que morderse mucho la lengua. Ya no. No se muerde la lengua y suelta todo lo que piensa de las decisiones arbitrales durante el partido, de la madre que trajo al mundo al trencilla y de parte de la Real Federación Española de Fútbol. Y de sus madres.
Pero tiene un defecto -el párrafo anterior no creo que sea un defecto, simplemente es un estado de incoherencia mental provocado por la maldad innata de muchos árbitros-.

Se pone demasiado nervioso.

El otro día, en la eliminatoria de Copa contra el equipo que parecía el cadete de algún club que vista de verde, estaba agobiao ganando 2-0. Sí, señores lectores, agobiao, por “si nos entra la pájara”. ¿Qué pájara, cojones? Tiene que entrarnos un buitre leonado para perder la eliminatoria como se nos puso el otro día…

En la final de Varsovia, frente al Dnipro, en el minuto 84 de partido y con un balón dividido en el centro del campo, ganando 3-2, gritó “pero árbitro, pita ya el finaaaaal”. Con muchos signos de exclamación. Tuve que reírme, aunque la tensión del momento me impidió analizar en profundidad qué es lo que había hecho con mi padre, en qué nos habíamos convertido. Ahora prefiero no analizar.

Pues así está, uno de los fundadores del “¿Lo ves?”. Sí, el “¿Lo ves?” es una corriente filosófica que recorre muchos domingos el Ramón Sánchez Pizjuán y consiste en estar todo el tiempo pensando que nos van a remontar, que nos van a expulsar a uno, que se nos va a ir el partido, etc. Pero tenerlo callado en el interior o soltar de vez en cuando un “Verá tú”, en señal de aviso.

Pues mi padre es especialista en decir “¿Lo ves?” cuando menos te lo esperas. Aunque vayas ganando 4-1, si el otro mete el 4-2, suelta la frase mágica. Y seguidamente suelta un “veratú”. Ahí es recomendable para los que rodean a estos filósofos de nuestra época, que quede poco tiempo de partido, porque pueden ocurrir dos cosas: o bien termina el veratuciense con un embolia cerebral amenazado por el empate, o bien eres tú el que terminas con la embolia de tener que aguantarlo. Seguro que muchos de los que me leen lo habéis vivido.

Y ahora llegamos a la fecha clave del campeonato. Vuelve la Europa League y estamos en Cuartos de Copa contra un rival que, pese a ser de Segunda División, se ofrece mucho a ser partido de “Verá tú”. Y en liga ya estamos subiendo poco a poco en la tabla. Recortando puntos al Villarreal y ampliando ventaja a los perseguidores.

En fin, así termino este artículo, espero que os haya gustado el personaje de mi padre. Merece la pena conocerlo.

One Response so far.

  1. Me ha encantado. He disfrutado mucho leyéndolo, no solo porque os conozco a todos sino porque he compartido partidos en bares y estadios con vosotros.

    Si me lo permites, de anécdotas de tu querido padre, me quedo con una:
    Peña tito Poulsen, allí en el antiguo local de Calle Sinaí. Valladolid - Sevilla en el "Nuevo" Zorilla, que tiene solamente 33 años. Partido muy de cara para el Sevilla, que se pone ganando 0-2 en la primea parte. No sé cómo, pasamos de un posible penalti a favor para el 0-3 a quedarnos con 10 por una absurda expulsión a Luis Fabiano por doble amarilla (la primera por detenerse a subirse las medias celebrando un gol a favor, interpretando el colegiado pérdida de tiempo) y la segunda por simular penalti.

    Justo después de la expulsión, y antes del descanso, el 1-2. Y el señor colegiado pitando todas las faltitas para el Valladolid. Y una. Y otra. Y nos empatan a dos. Y seguía el árbitro dando por culo ante la indignación de todos los presentes. Ya en la enésima jugada dudosa en la que el colegiado se decantó por favorecer a los de violeta, tu padre perdió el control y gritó a pleno pulmón: ¡¡¡PERO POR DIOS, ESE HOMBRE (refiriéndose al árbitro) NO PODÍA HABER IDO EN EL AVIÓN DE LAS PALMAS??!!

    Recordar que unos meses antes tuvo el desgraciado accidente del vuelo de Spanair Madrid-Las Palmas, en el que fallecieron casi todos los ocupantes del avión.

    Qué te voy a contar! vaya partido nos dio el señor colegiado!!

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